¿Qué pasa con los No-Padres?Link artículo Domingo Caratozzolo* A Eduardo lo conocí en la facultad, si bien tomamos distintos caminos, nos encontramos unas cuantas veces en los últimos años. La última lo vi muy abatido; cuando le pregunté por su esposa me comentó que se había separado tres años atrás, pero que esa relación ya estaba superada. La causa de su tristeza era otra mujer y este fue su relato:
“Cuando me separé de Patricia, ella se quedó en la casa. Claro, está con los chicos. Fue un cambio muy grande, pasar de una casa con todas las comodidades, el jardín, la pileta, el quincho, a un departamento de dos ambientes...Fueron unos meses que la pasé muy mal. Después vino lo de Gabi. Ella me brindó nuevamente un hogar. Con ella, con sus chicos, me acostumbré a ellos; bueno... quiere que me vaya... dice que se le terminó el amor, que me tiene cariño como a un amigo, pero que eso no es suficiente”. Es cada vez mas frecuente escuchar este tipo de diálogo con nuestros parientes o amigos. El amor en los tiempos del fin de milenio tiende a complicar cada vez más a los que manifiestan entusiasmo por la vida en pareja y la formación de un hogar. El año anterior se casaron 3.966 parejas y se tramitaron 1.194 divorcios (La Capital, 6 de abril de 1998). Esto nos indica, si aplicamos una sencilla regla de tres, que de cada 10 matrimonios, 3 se divorcian. Si bien esta cifra podemos considerarla ya de por sí importante, no refleja sino muy parcialmente la realidad, dado que en este porcentaje están excluidos los matrimonios de hecho, que día a día tienden a ser más frecuentes. Las uniones de hecho comprenden dos grandes categorías: la primera está integrada por jóvenes que por primera vez deciden vivir en pareja y cuyo destino puede ser el mismo que los matrimonios de derecho. El segundo grupo está conformado por todos aquellos que se separan luego de convivir en pareja e incursionan en un nuevo vínculo. Este último grupo tiende a aumentar continuamente por la proclividad de sus miembros tanto a la convivencia en pareja como a la separación cuando ésta ha dejado de reunir las condiciones requeridas. Como he escrito en otro artículo (La Capital, 13 de marzo de 1998), el modelo conyugal ha sufrido modificaciones de suma importancia en el transcurso de este siglo. En primer lugar, les ha brindado a los hijos la facultad para decidir la elección de una pareja bajo los dictados de sus sentimientos y casarse por amor “hasta que la muerte nos separe”. En segundo lugar, a este casamiento por amor, instituido por la modernidad se le ha sumado más recientemente la tendencia posmoderna a terminar con el matrimonio cuando el amor se apaga. Pero como aquellos a los que la falta de amor los separa son fervientes partidarios de la vida en pareja, tienden a recomenzar la convivencia con la elección de otra persona. El encanto de vivir acompañados les resulta tan inigualable que vuelven con renovado entusiasmo a vincularse, abrigando las mismas expectativas que en casos anteriores. Cuando una pareja que no ha tenido hijos se separa, lo único que se sufre es el dolor psíquico de la pérdida (que no es poca cosa), pero, una vez superado éste, los miembros de la misma quedan en estado de absoluta disponibilidad, tanto material como afectivamente. Todo se complica cuando hay hijos de por medio. Si la situación es insostenible y la separación necesaria, el marido se ve forzado por las circunstancias a abandonar el hogar en el que invirtió sus esfuerzos. La cultura patriarcal en la cual estamos ideológicamente inmersos hace que la mujer juegue con ventaja: el hombre tendrá que volver a “la casita de los viejos” o a la de algún amigo solidario hasta poder ubicarse, por lo general, en un departamento de “soltero”. Pero como “no somos de palo”, y “débil es la carne”, este señor, pasado un tiempo de soledad y dolor vuelve a intentar vivir en compañía. Es posible que la mujer con la que decide rehacer su vida de pareja, sea una ex-señora como lo es su anterior esposa. Y no sería de extrañar que ella también tenga hijos y que su cónyuge le haya dejado una casa con todo lo necesario para ella y los chicos (pues no quiere que pasen necesidades). Es probable que esta nueva pareja resuelva que, abandonando el departamento de soltero, él vaya con su equipo de música, el televisor y su ropa a vivir a casa de ella (que es más grande y cómoda). Es así que el ciclo se reinicia, pero con una diferencia muy importante, él no está en su casa (lo cual se le hace notar cuando es necesario) ni los chicos que la habitan son los suyos. Siendo ésta la situación, la misma puede tomar distinto curso: el ex-marido descuida económica o afectivamente a sus hijos y vuelca sus esfuerzos en los de su nueva pareja, o está pendiente de sus hijos y poco interesado en los de su nueva mujer; o este señor es tan generoso que puede atender obligaciones paternales tanto con los hijos propios como con los ajenos. Sea cual fuere su actitud, no dejará de sufrir una serie interminable de reproches y de celos tanto de su ex-mujer, de la nueva pareja, de sus hijos y de los ajenos. Si vivir en pareja ya es complicado, si tener hijos lo hace más difícil aún, esta suerte de emparejamiento múltiple no deja de ser un embrollo. La autoridad, atributo de la paternidad, puede ser objetada, tanto por sus hijos como por su ex-mujer. A estos posibles cuestionamientos debemos agregar que la falta de cotidianeidad va imponiendo la necesidad de permitir y consentir a los hijos propios para proteger una relación que ha adquirido cierta fragilidad. Si el padre se enemista con sus hijos, éstos pueden evitar el encuentro, causa para la cual es muy probable que cuenten con la complicidad de la madre. Si las visitas se hacen contra la voluntad de los mismos, por mera imposición, se tornan muy incómodas e insatisfactorias. Es así que el padre tiene que ir resignando su autoridad para mantener un vínculo afectivo con su prole. En el nuevo hogar la autoridad está en manos de la madre y si él quiere imponer la suya puede recibir un llamado de atención, tanto por parte de su pareja (“son mis hijos, no los tuyos”) como por parte de los chicos (“vos no sos mi padre”) y uno como otro pueden invitarlo a que ejerza la autoridad con sus hijos y en su casa. Esta pareja puede decidir tener un hijo en común, lo cual afianzaría los lazos que los unen y permitiría al hombre ejercer el rol paterno que creía perdido para siempre. Claro que las mismas causas que operaron para que la pareja se separara de sus respectivos cónyuges puede actuar nuevamente y provocar una vez más la ruptura y el exilio para el varón. Si esto sucede, lo cual no es infrecuente y es un fenómeno que tiende a expandirse, tendrá que cargar nuevamente sus maletas, el equipo de música e irse con la música a otra parte. Pero no hay que desesperar, pues es muy factible que pueda ocupar una plaza vacante que dejó un señor como él, que a su vez se ubicará en otra libre. El resultado de estos movimientos para estos hombres que migran de un hogar a otro, es su exclusión de la función paterna.. Sobre los hijos propios no se puede ejercer una paternidad responsable y plena, como tampoco sobre los hijos de sus parejas, vínculo que además suele perderse cuando se disuelve el vínculo con la madre de los niños. O sea, padre de nadie. Mientras el hombre danza de hogar en hogar en este verdadero baile de la escoba, la mujer reina en el suyo y se rodea de hijos propios con los cuales realiza un intercambio afectivo casi exclusivo en ausencia del padre de los mismos. En un trabajo que trataba de la declinación de la figura paterna, decía que el hombre “circula” de un hogar a otro mientras la mujer se mantiene estable en el suyo. Despojado de sus emblemas, depreciado en su peregrinar, este hombre, a veces okupa y otras homless, es simultáneamente víctima y testigo comprometido de las transformaciones de la familia tradicional. *Psicoanalista
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